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José Ángel Valente

"siempre he querido estar solo"

José Ángel Valente (Orense, 1929), una de las figuras esenciales de la literatura española contemporánea, marca con su extensa obra, desde A modo de esperanza (1954) hasta Nadie (1994), una de las trayectorias más radicales de la poesía española, singularizada por el sentido transtemporal de la palabra, que ha generado en el seno de la tradición más fructífera un espacio poético personal, ajeno a las tendencias dominantes en su generación. En esta entrevista, que tuvo lugar dos días después de cumplirse su setenta cumpleaños, el autor de La piedra y el centro evoca su etapa de formación y su salida de España.

José Méndez

Pregunta.- ¿Cómo fueron sus comienzos, sus primeros contactos con la literatura, en una ciudad pequeña como Orense en los años treinta y primeros cuarenta?

El mundo de mi infancia fue un primer desdoblamiento de mi persona. Yo era el primogénito de una familia con muchos hermanos y por una serie de razones vino a parar a mi casa la biblioteca de un sacerdote, Basilio Álvarez, el fundador del Partido Agrario Gallego -un cura republicano, suspendido a divinis, que se exilió-. Yo oía de pequeño: «pobre Basilio. suspendido a divinis». Lo de suspendido lo entendía, pero a divinis no sabía lo que significaba, pensaba que lo tenían suspendido de una viga. ¡Pobre hombre! Esa biblioteca fue muy pronto mi refugio, pero muy pronto. Hay que situarse en lo que era la España de la inmediata posguerra, una España absolutamente censurada, dominada fundamentalmente por el ejército y por el clero. En nuestra biografía hay que destacar el papel siniestro que tuvo la Iglesia en la gloriosa cruzada. En aquella biblioteca comencé a asomarme a mundos absolutamente censurados y que fuera de ella no existían ni se podía hablar de ellos. Así me fui convirtiendo en un clandestino.

Es decir, su primer pecado fue un libro.

No sé cuál sería el primero, pero digamos de los primeros. En aquella biblioteca tuve acceso a muchos libros, desde los cronistas de Indias hasta los novelistas eróticos de los años veinte. Todo eso lo tenía aquel cura «depravado» y disidente. Eso marcó mucho mi infancia. Yo sabía muchas más cosas de las que podía decir, estaba lleno de secretos y obligado a representar un papel, cosa que no hacía por cinismo, sino por no defraudar. Había en mí un yo clandestino.

También debió de ser importante el paisaje, la naturaleza, viviendo en una ciudad pequeña como Orense, perdida, o ganada, entre montes.

El paisaje está unido a una relación muy importante, la relación con mi padre, cosa que no descubrí hasta muy tarde, después de su muerte, cuando ya es imposible recuperar nada. Yo iba con él a cazar perdices y conejos en los montes gallegos, le acompañaba sin disparar un tiro, claro, y dábamos grandes caminatas. Eso me puso en contacto con el mundo rural. El paisaje fue muy importante. Me acuerdo, y lo he evocado en algún poema, que pasábamos por los viñedos al amanecer cuando estaba la uva madura y los campesinos nos regalaban racimos frescos a primera hora de la mañana. Sabían a gloria.

Es curioso que en una cultura matriarcal, como la gallega, el primer recuerdo en esta charla sea para el padre. ¿Cuáles fueron las primeras mujeres de su vida?

Creo que ha sido una casualidad. El paisaje está unido a la figura de mi padre pero mi vida está unida, venturosamente, a las mujeres. Mi madre se casó jovencísima, de tal manera que para sus hijos fue, sobre todo para mí que fui el primero, como una hermana mayor. La figura matriarcal, la autoridad de la casa, era mi tía Lucila. Fui educado en un medio femenino, y eso fue muy importante, determinó muchas cosas. Al niño entonces, y también ahora, se le educaba en la diferenciación de la mujer, es decir: «eso es cosa de niñas». Eso es una violación. El hombre educado así es castrado en su parte femenina. Pero se hacía sistemáticamente, todas las cosas que remitían a una sensibilidad, a una percepción más delicada de la vida, te apartaban de ellas. Yo dormía en una cama a su lado, compartí su vida. Fue fundamental en mi infancia y ella cultivó en mí, instintivamente, mis valores femeninos. No quiero hacer una comparación grandiosa..., pero Aquiles fue educado entre mujeres.

¿Cuándo comenzó a querer escribir?

En torno a los catorce años. Estaba estudiando el bachillerato en el único instituto que entonces había en Orense y toda aquella carga de lecturas de los libros que estaban en la biblioteca de Basilio Álvarez comenzó a explotar. Es decir, que el cura se marchó pero dejó el veneno allí y yo me bebí el veneno con mucho gusto. Considero que le debo mucho; determinó, creo, mi vocación literaria. Allí estaban Santa Teresa y San Juan de la Cruz, todos los románticos, también Rubén Darío y Bécquer. Eso sí, nada del 27. Y comencé a tratar de hacer como ellos hacían.

Además de autores importantes y novelas eróticas, habría entre aquellos papeles algo más liviano, más próximo a la imaginación de un niño.

Sí, había una revista que fue entonces muy importante, La Esfera, en la que me sumergía a diario, de tal manera que en plena guerra civil española yo estaba viviendo la Primera Guerra Mundial en las páginas de La Esfera, en aquellos dibujos realistas que excitaban la imaginación como un tebeo.

De los poetas que pudo leer entonces, ¿cuál le gustó más?

En esa época el poeta que más me impresionó fue Darío, aunque, insisto, leí a San Juan bastante. De Juan Ramón tampoco había nada. Tuve mucha relación con un amigo que era el hijo de Vicente Risco, Risco no se manifestaba porque había sido galleguista, aunque de la facción moderada. Por mi amistad con Antón Risco tuve acceso a otros libros y ahí viene la lectura de poetas más contemporáneos como Juan Ramón y Antonio Machado. Leí mucho a los dos, y ya entonces comenzó mi juego de equilibrio: entre el poeta de la esencial heterogeneidad del ser y el poeta del monolitismo del yo. Monolitismo que, creo, Juan Ramón rompe definitivamente en su última etapa. Etapa que no gravitó sobre la poesía española. Si los poetas españoles, sobre todo la primera generación de la posguerra, hubieran leído a ese Juan Ramón no habrían escrito lo que escribieron, y los de la segunda tampoco. Lo dije alguna vez: desde el punto de vista de la poesía el siglo empieza con la llegada de Juan Ramón a Madrid (1900), donde conoce a Darío y a Valle-Inclán -dos figuras absolutamente grandiosas, muy importantes para mí- y publica sus primeros versos, muy asociado con la Residencia, amigo de don Alberto.

Y el paso tantas veces frustante de la primera publicación, ¿cómo se produjo?

Lo que yo hacía empezó a interesarles a los mayores, gentes que tenían programas de radio dedicados a la poesía y editaban una revista que se llamó Paseo donde a los dieciséis años publiqué un soneto; mi padre cuando lo vio se sintió muy orgulloso de ver que su hijo publicaba unas cosas en una revista y me dijo: «está muy bien, lástima que no rime». Cosa que me dejó perplejo porque el soneto tenía encabalgamientos y él no percibía la rima. Eso me dejó un poco desconcertado. Publicaba en las revistas de grupos de Acción Católica., en lo que había. Estando en Orense, el periódico La Noche de Santiago, que tenía un suplemento literario, publicó un número con poetas de Orense, y entonces ya apareció un poema mío. Ya tenía contacto con la literatura gallega: Dieste, Manuel Antonio (que era un gran poeta). En ese suplemento publiqué un poema dedicado a Manuel Antonio, en castellano. Cuando marché a estudiar a la Universidad de Santiago publicaba poemas habitualmente en ese suplemento. Otero Pedrayo, con el que tuve relación, creo que publicaba una sección fija. Había rivalidad por determinar cuál era la capital cultural de Galicia, si era Orense o Pontevedra. Orense tenía una gran densidad de galleguistas. Yo publiqué algunas cosas en gallego en esa etapa y no volví a escribir en gallego hasta las Cántigas de Alén, que escribí en la emigración.

Sin embargo Galicia está muy presente en su obra, al menos en los primeros libros.

Galicia está muy presente en mi obra en gallego, que es reducida, muy intensa y que no considero de menor calidad que la escrita en castellano y que le es contemporánea. Hay una gran presencia de Galicia en los poemas escritos en castellano, una evocación del mundo provinciano, de personas de la familia, del paisaje. Esos primeros libros están empapados de la luz gallega. Luego pasa el tiempo y vuelvo otra vez a Galicia en las Cántigas de Alén. El paisaje gallego sigue siendo mi paisaje a pesar de que Almería me llama mucho. Date cuenta de que viví hasta los dieciocho años sin salir de los límites del reino de Galicia. Salí por primera vez para ir a Santander a la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

¿Y la tradición literaria gallega?

Una escritora que tiene sobre mi una influencia radical es Rosalía de Castro. He escrito repetidas veces sobre ella y la considero un grandísimo poeta. Creo que en la segunda mitad del siglo no hay más que dos poetas importantes de verdad: Rosalía y Bécquer. Campoamor tenía ciertas formas de influencia, tiene una personalidad literaria fuerte que fue reivindicada por Vicente Gaos, tuvo un relieve, pero no es equiparable. Pero sobre todo Rosalía, Rosalía rebasa los límites de la lengua gallega e influye con sus libros en gallego y en castellano en Machado y en Juan Ramón Jiménez. Y está presente en un poeta que nadie lo sospecharía, que es Cernuda. Cernuda utiliza trozos de canción que son rosalianos. Rosalía es un poeta muy importante, la linea que ella marca es para mí muy iluminadora, me siento depender mucho de esa linea de poesía gallega y de los modernos, pues también leí mucho a Dieste y a Manuel Antonio. Hay elementos de la tradición gallega que han pesado sobre mí.

¿Hasta aquel momento no conocía nada de poesía que no estuviera escrita en español o gallego?

No, creo que el contacto con la poesía en lengua no española viene cuando ya estoy en Madrid, en el curso 1948-1949. Empecé a leer poesía francesa, la única lengua a la que tenía algún acceso. Me faltaba instrumentación lingüística, por eso el contacto con la poesía extranjera se produce más despacio. Me instalo en el Colegio Mayor Guadalupe y allí entro en contacto con la literatura latinoamericana, leo a Borges cuando no era aún un mito, cuando no lo habían inventado los franceses, como él dice. Ahí comienza mi interés por la poesía inglesa y norteamericana, pero eso más bien se produce a fondo cuando estoy en Oxford, cuando se completan mis conocimientos del inglés.

Un camino parecido, en este asunto, al de Cernuda.

Sí, pero ese camino parecido va más lejos. Cernuda es el poeta con el que yo establezco esa relación difícil del poeta que te influye tanto que quieres matarlo. Quieres saltar por encima de él y para eso tienes que seguir su camino e ir más lejos. Yo soy cernudiano no porque imitara a Cernuda, aunque probablemente haya poemas míos con su influencia, sino también por proximidad. Porque los grandes, Machado, Juan Ramón, Unamuno, estaban demasiado lejos. Pero Cernuda era el poeta próximo, vivo aún, escribiendo, con esa cosa amarga y de polémica con el entorno.

La cuestión de la polémica con el entorno no puede decirse que usted la haya abandonado.

No, no, creo que la he conservado.

Cernuda fue, por encima de todo, un solitario.

Sí, Cernuda es, al final, una figura solitaria. Yo he asumido esa soledad no como una condena, sino como una vocación. El destino del poeta está en la soledad. Por eso siempre he querido estar solo. Ahora que ya estoy mayor y enfermo a veces echo de menos que esté Coral conmigo en casa, porque me siento un poco desamparado, pero es un fenómeno de la edad.

La suya es una soledad muy habitada, porque ¿es consciente de la cantidad de poetas de las últimas generaciones que le tienen como su Cernuda particular, de su influencia literaria?

Siento la proximidad de algunos. Es cierto que es la mía una soledad muy habitada. Tengo que agradecer mucho a los que me escriben. Descubro que lo que digo es compartido por mucha gente, que a la gente le interesa. Ahora que he llegado a una edad relativamente respetable empiezo a pensar que algo se ha sembrado. Pero por mi apartamiento, por vivir casi siempre fuera, es una sorpresa ver que la gente ha recogido palabras, poemas, imágenes. Resulta muy consolador. Merecía la pena estar solo para tener esta compañía.

¿Cómo atravesó las diferentes dictaduras estéticas de los años sesenta y setenta? Quiero decir, ¿cómo logró salir indemne?

Yo viví eso. Había grupos de presión en lo literario dentro de la oposición al franquismo. Yo estaba en una oposición contra la dictadura, claro, pero sentí el clima opresivo; pronto me di cuenta de que al otro lado había otra forma de dictadura, de imposición de un pensamiento. Muy pronto escribí sobre el formalismo basado en la tendencia, que no residía en el estilo sino en el dominio de una tendencia sobre cualquier otra. Había dos grupos, el grupo de Madrid que encabezaba Vicente Aleixandre, con el que tuve una vinculación grande y al que siempre recuerdo con afecto, y el grupo de Barcelona, que se oponía al grupo de Madrid en el entendimiento de que este grupo era más reaccionario. Eso toma forma con la antología de Castellet, que Castellet hace, en efecto, desde posiciones ideológicas. El prólogo es un desastre, una autodenuncia del peso de la ideología -esto se lo he dicho a Castellet, en su momento-. Aquello fue tremendo. Dice en ese prólogo que el poeta más importante de la tradición moderna es Dámaso Alonso, que no es un poeta importante. Yo reaccioné contra la gravitación ideológica. Tuve la intuición de que la palabra poética era otra cosa; además, me fui muy rápidamente a Inglaterra. Opté por escribir lo que me parecía sin atender a otros imperativos. Estando en Oxford me pedía colaboraciones la gente de aquí, y a veces me las devolvían diciendo: «Hombre, está muy bien pero no te representa». Era la manera de decir: «no nos representa a nosotros».

Fue una especie de continuación de la guerra por otros medios que afectó incluso a algunos poetas del 27, Alberti, Dámaso...

Fue la fuerza de los tiempos. Alberti ha sido muy desigual. Escribí sobre él, críticamente, hablando de la fractura de su obra en dos pedazos. Él pensaba que la revolución también iba a ser literaria, que iba a aparecer algo nuevo, y en literatura lo nuevo siempre es algo viejo. Los más inteligentes se arrepintieron, como fue el caso de Neruda. Neruda en sus años finales recordaba España con muchísimo cariño y decía siempre, yo me acuerdo porque estuve con él en Blet, en Yugoslavia: «yo soy, sobre todo, un poeta amoroso mi hijito». Quería que lo recordaran como poeta amoroso, cuando hay libros, como buena parte del Canto general, que no son poesía, y todo un libro que se puede tirar a la basura que es Las uvas y el viento. Él percibía que esa voz no era la que le convenía, que esa voz estaba quemada. Era tremendamente inteligente. Yo creo que Alberti no entendió eso nunca. Yo le he oído en mítines obreros y antes hablar con él por teléfono y decirme: «No vengas a la lectura porque voy a leer todo lo que no te gusta».

Sin embargo, gran parte de lo que usted llama el peso de la ideología, que en España se ha manifestado literariamente hasta la muerte del dictador, se debe a la influencia de Neruda.

Neruda tuvo mucha influencia. Tanta que a los del 27 les hizo abandonar a Juan Ramón. Fue cuando Juan Ramón escribió aquellos versos: «la antigua juventud gongorinera / que tornado se ha nerudataria», que son maravillosos, que tienen toda la inteligencia y capacidad de sarcasmo de la que era capaz este individuo de Moguer.

¿Oxford fue su salida a la libertad?

Mi estancia en Oxford fue enormemente fructífera, me pasaba el tiempo en la biblioteca Bodlian. Allí descubrí la importancia que tuvo el libro español en la Inglaterra del xvi y xvii. Los ingleses leían en español y en las bibliotecas y catedrales inglesas había muchos libros españoles, por ejemplo encontré el Guzmán de Alfarache, La Celestina, El Quijote, libros sobre todo de narrativa y sobre táctica militar. Se interesaban por el enemigo; se curaban en salud aprendiendo lo que pensaban sus enemigos. Por otro lado, cuando se instala la Commonwealth con Cromwell, los católicos, los jesuitas, sobre todo, que estaban en Holanda, bombardeaban Inglaterra con libros, porque la literatura espiritual inglesa estaba muy próxima al mundo católico, aunque, claro, no los puritanos. Había conventículos en Cambridge donde se reunían los escritores; los poetas metafísicos se forman en esos círculos minoritarios que los puritanos perseguían. Los jesuitas introducían libros de espiritualidad católica, clandestinamente, en Inglaterra desde los Países Bajos, que entonces dominaba España.

Eso debió de suponer un cambio con respecto a la educación castiza que había recibido.

Un cambio enorme. Empecé a ver la literatura española desde Europa, a darme cuenta de que autores y títulos aquí ignorados, como El examen de ingenios de Huarte de San Juan habían sido muy importantes. Huarte se anticipó a los análisis de la psicología moderna con la teoría de los humores, y, como tenía un capítulo dedicado al humor de la figura de Jesucristo, la Inquisición fue contra él. Enseñaba en la Universidad de Úbeda, una universidad de conversos, fue un exiliado interior, retiró ese capítulo, acató. Sin embargo, su libro circuló por toda Europa e influyó en pensadores ingleses como Burton que en su Anatomía de la melancolía construye otra teoría de los humores. Estos hechos me dieron una visión distinta de mi tradición y me di cuenta de que había sido engañado, que mi tradición no era unitaria y que todo no se construía sobre el tópico de «todo el mundo a comulgar», sino que era algo distinto.

¿Qué influencia tuvo en ese cambio la persona de Alberto Jiménez Fraud, con quien usted se relacionó entonces?

Fue una relación que tiene que ver con este mundo del exilio de la espiritualidad y de la vida de la inteligencia. Eso representó don Alberto Jiménez Fraud. Creo que Manolo Jiménez alguna vez me dijo que me parecía más a su padre que ellos, que sus hijos. Fue una relación absolutamente filial y decisiva. Él me puso en contacto con una tradición a la que yo no había tenido acceso. La España de la que yo había salido era una España de dictadores. Todos hablaban mal del dictador pero todos eran dictadores, Menéndez Pidal, Dámaso, todos eran cabecillas de facciones. En don Alberto descubrí la enorme elegancia del que sabe oír e incita a hablar, cosa que en España era una rareza, alguien que te incitaba a descubrirte a ti mismo. Ésa fue una de las bases de su labor en la Residencia. Recuerdo con nostalgia y gratitud las horas pasadas en su casa, el ir y volver hasta la parada del autobús absortos en la conversación sin querer despedirnos.

¿Qué intereses intelectuales ocupaban a don Alberto en aquella época?

Don Alberto estuvo ocupando el puesto de lector en Oxford [un puesto por elección directa, en contrate con otras universidades inglesas] mucho tiempo, hasta que, de repente, se dieron cuenta de que don Alberto pasaba con mucho de la edad de jubilación. En aquel momento uno de sus afanes intelectuales más claros era Maquiavelo, le obsesionaba su obra y su figura, viajó por Italia, visitó los lugares de Maquiavelo, escribió sobre él. Él escribió una historia de la universidad española que está muy bien, pero sobre todo es originalísima la última parte, Ocaso y restauración, en la que explica su experiencia, su relación con Giner y con Cossío.

¿Recordaba a menudo su etapa de director de la Residencia?

Quería mucho a Moreno Villa; respetaba a Juan Ramón, que representaba el símbolo de lo que fue la Residencia, pero tenía una referencia continua a Moreno Villa, era un amigo para él muy entrañable. Me hablaba mucho de él. Pero hablábamos de todo, de la vida española y sobre todo de lo que yo no conocía. Allí en su casa conocí a Américo Castro. Tenía algo muy especial: la capacidad de borrarse un poco a sí mismo para poner en relación a dos personas que creía que podían interesarse el uno al otro. Eso lo hacía conmigo y yo se lo agradecí mucho. Con su exquisita educación te decía: «venga esta tarde que a Américo le interesará mucho conocerle»