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Luis Á. Piñer
y su memoria de Gerardo Diego

Francisco Javier Díez de Revenga

Este artículo que Francisco Javier Díez de Revenga escribe con motivo de la publicación del libro Memoria de Gerardo Diego, cuya edición ha corrido a cargo del profesor Juan Manuel Díaz de Guereñu, revela algunas de las claves privadas que impulsaron a su autor, el poeta Luis Á. Piñer, a escribir las páginas de sus diarios, en los que, según Díez de Revenga, surge un Gerardo Diego distinto, aquel que Piñer conoció desde la amistad, la colaboración en la revista Carmen y el mutuo interés por la poesía.

La publicación de Memoria de Gerardo Diego, colección de textos extraídos «De los cuadernos de Luis Á. Piñer» –como reza el subtítulo del libro–, en el marco de las Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, ofrece a los lectores la oportunidad de conocer uno de los testimonios más directos y sinceros sobre el gran poeta de la generación del 27, ya que no sólo pertenecen a otro excelente poeta, como lo es en efecto Piñer –que fue amigo y discípulo de Gerardo–, sino porque, además, se extraen de páginas memorísticas, escritas sin la intención de ser publicadas, y de manifestaciones orales del poeta Piñer en torno a su admirado y querido maestro. Consecuentemente, están dotados tales testimonios de una inmediatez tal que brillan justamente por su sinceridad, por la verdad de quien nos transmite un retrato de Gerardo Diego original, inédito y sumamente atractivo desde el punto de vista intelectual.

Cuando Gerardo Diego llegó, en 1922, destinado al Real Instituto Jovellanos de Gijón, en su condición de catedrático de Literatura, una nueva y fructífera etapa se abría en su vida y en su obra poética. El poeta regresaba al norte y al mar Cantábrico, tras una breve estancia en el Instituto de Soria, y, a pesar de su juventud, pronto su personalidad atrajo a muchos de los intelectuales de la bella ciudad asturiana. Gerardo empezaba a escribir uno de sus libros fundamentales, su obra maestra dentro del creacionismo, su Manual de espumas, y entre los proyectos que acariciaba en su interior estaba la creación de una revista poética que vería la luz en 1927 con el ingenioso título de Carmen y el subtítulo de «Revista chica de poesía española». Junto a Carmen, otra revista con el no menos ingenioso título de Lola aparecía como adición jocosa y el subtítulo de «Amiga y suplemento de Carmen». En el Instituto era considerado por sus alumnos como un profesor serio y distante, aspectos que se desvanecían cuando Gerardo ofrecía su confianza a alguno de ellos. Y así ocurrió en efecto con el joven Luis Álvarez Piñer, nacido en Gijón en 1910, alumno aventajado del poeta cántabro que habría de acompañarle como ayudante, como secretario y como discípulo en algunas de las empresas literarias e intelectuales que el poeta comenzaría a proyectar inmediatamente.

Luis Álvarez Piñer es un poeta excepcional, de compleja e insegura trayectoria, que no ha visto hasta 1995 publicada su Poesía (completa). Un poeta que antes de la guerra civil tan sólo publicó algunos poemas en revistas y un libro en 1936 con el título de Suite alucinada. Poemas; un poeta que tras la guerra civil sufrió la cárcel y el olvido más absoluto, del que ha salido, ya en la década de los noventa, cuando muchos de su generación ya habían muerto. Un gran poeta que ha surgido desde el más oscuro de los olvidos y que nos ha entregado una obra digna, llena de destellos estéticos de notable singularidad. Pero lo que interesa ahora es la relación con su maestro, con Gerardo Diego, que ha sido minuciosamente recogida por el editor del volumen Memoria de Gerardo Diego, el profesor de la Universidad de Deusto y editor de la Poesía de Piñer, Juan Manuel Díaz de Guereñu.

Piñer fue secretario y administrador de la revista Carmen mientras ésta existió efímeramente entre 1927 y 1928, y continuó su amistad con Gerardo Diego cuando éste marchó de Gijón en 1930, aunque la distancia fue enfriando lentamente las relaciones, aspecto que es posible entrever cuando Piñer reseña en una revista de Gijón la Antología de la poesía española de Gerardo Diego al salir la primera edición en 1932. Piñer fue además poeta creacionista, fiel discípulo de Gerardo Diego, y sus poemas de antes de la guerra civil contienen y expresan una interesante versión de este vanguardismo en la que es posible apreciar la independencia del joven discípulo, admirador y seguidor de los otros grandes poetas creacionistas Juan Larrea y, más a lo lejos, Vicente Huidobro.

En 1996, cuando se conmemoraba en todo el mundo del hispanismo el centenario de Gerardo Diego, una tarde del mes de mayo, Luis Álvarez Piñer, felizmente superviviente, es convencido para que hable en la Residencia de Estudiantes de su maestro y amigo, para que, acompañado por Juan Manuel Díaz de Guereñu, haga una «memoria de Gerardo Diego». Dado el interés de aquellos recuerdos, y, sobre todo, teniendo en cuenta que eran absolutamente inéditos y desde luego estaban nutridos de interesantísimas aportaciones para la historia de la poesía española de este siglo, se empieza a abrigar el proyecto de hacer una edición de los mismos. Las gestiones se llevan a cabo con dificultad, pero se consigue además que Piñer permita publicar de sus memorias inéditas aquellos textos que se refieren a Gerardo Diego. Se construye así un libro de origen –y, en definitiva, también de contextura– fragmentario, que tiene el encanto de permitir la lectura directa y sin alambiques de un excelente memorialista que recuerda detalles, pormenores, anécdotas, influencias e impresiones sobre el maestro, hacia quien Piñer mantiene absoluta lealtad y amistad a través de los muchos años. A estos textos se añaden fragmentos extraídos de la correspondencia entre Gerardo y Piñer y se completa la edición con la reseña sobre la Antología de la poesía española de Gerardo Diego, a la que antes nos hemos referido y que permanecía olvidada, aunque ya figura también en el libro de Gabriele Morelli sobre la citada Antología.

Y hay que terminar señalando cuál es el mayor y primer interés y cuál el valor de este libro. Sin duda alguna los propios textos de Piñer, sobre todo los que proceden de sus cuadernos de apuntes para unas memorias que jamás escribirá. Son fragmentos autobiográficos llenos de directa verdad, de impresiones primeras extraídas de los recónditos rincones de la memoria. Y en los que este libro ha reunido, Gerardo es el protagonista, claro está. Y hay que señalar que surge un Gerardo Diego distinto del que todos nos hemos forjado a través de la lectura de sus obras, a través de lo que conocemos de su biografía. Es un Gerardo Diego al que el autor declara rendida admiración y amistad, adhesión intelectual absoluta, lo que le permite ciertas confianzas. Piñer se sigue asombrando, en páginas escritas en los años ochenta, de que Gerardo le autorizase a hablarle de tú. Y ése es sin duda el mayor mérito de estas páginas: que le habla de tú al poeta de Santander y que le señala aquellos defectos que otros no han sabido captar, aquellas facetas negativas de su personalidad que otros han cuidadosamente ocultado: su timidez, su impasibilidad; lo que no está reñido con las grandes sorpresas que siempre produce Gerardo: su jocosa visión de la vida intelectual (recuérdense sus jinojepas), su irónica concepción de muchos aspectos vulgares de la vida que a otros sin duda colmarían de gozo o entusiasmo. Además, hay que destacar la calidad y sabiduría de los comentarios sobre los poetas de este tiempo, amigos de Gerardo, y las reflexiones literarias sobre algunas de las creaciones de unos y otros; desde luego, en este aspecto, los juicios que Piñer hace sobre Manual de espumas como obra fundamental en el desarrollo y en la originalidad de la poesía de vanguardia en España han de ser de obligada referencia a partir de la publicación de esta Memoria de Gerardo Diego.

Y se descubren también en estas páginas secretos, como la explicación de un poema que no pasó a la obra completa, pero que está en la Antología de Austral (1941, reeditada en 1996): el dedicado, recordando al general Aranda y a Oviedo, a los Alféreces Provisionales en 1938. Explicación razonable y comprensiva de Piñer a esa «caída»: «Es una triste concesión de peaje para seguir “independiente”. Así también fue Lope». Las notas de Juan Manuel Díaz de Guereñu todo lo explican con detallismo superlativo, que antes que prolijas –como teme el editor que las consideremos– son lo que tienen que ser: completas, informativas, exhaustivas. Como el prólogo, como el resto de los documentos reunidos, como todo el trabajo en conjunto de Díaz de Guereñu, que, en el marco tan significativo de las Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, ha construido este libro que, sin duda, aportará muchos datos inéditos sobre tantos protagonis-tas de la poesía española entre 1920 y 1936.