REVISTA

Último número
Números anteriores

1 2 3
 
4 5 6
 
7 8 -

Jefe de Redacción:

José Méndez

Comité de redacción:

Belén Alarcó
Santos Casado
Manuel Rodríguez Rivero
Salomé Sánchez

Fotógrafos:

Joaquín Amestoy
Alfredo Matilla

Corrección de textos:

Antonia Castaño
Lola Martínez de Albornoz
Salomé Sánchez

Diseño:

Área Gráfica

Maquetación:

Natalia Buño
Celia Gª-Bravo

Fotomecánica:

DaVinci Impresión:
Artes Gráficas Luis Pérez

Depósito Legal:

M. 4.793-1997

Edita:

Amigos de la Residencia de Estudiantes
Pinar, 23. 28006 Madrid.
Tel.: 91 563 64 11
Copyright©1999
Fundación Residencia de Estudiantes

Isabel García Lorca
"Soy más radical que cuando tenía veinticinco años"
José Méndez

«Lo único que he hecho en mi vida es dar clases y recibirlas, no comprendo qué interés puede tener entrevistarme a mí.» Con esta advertencia, dictada no desde la modestia sino desde el convencimiento, comienza la conversación con Isabel García Lorca (Granada, 1910), la hermana menor de Federico. Profesora en el Instituto-Escuela (Madrid), en el Hunter College (Nueva York) y de nuevo en Madrid tras la restauración de la monarquía, es actualmente presidenta de la Fundación Federico García Lorca. Pertenece a una estirpe de mujeres decisivas en la evolución de la sociedad española de este siglo, mujeres de «alta tensión moral», como ella misma califica a aquellas que la rodearon en su juventud.

Pregunta-. Usted realizó la enseñanza primaria en casa. ¿Por qué fue así, viviendo en una ciudad importante como Granada?

Respuesta-. ¡Ah!, toda, toda. Pero eso fue por un accidente. Mi hermana Concha, que tenía unos ocho años más que yo, iba a un colegio de monjas, donde había ido también mi madre, y yo fui a probar. Tendría unos cinco años, no más; iba sin uniforme. Me sientan en la primera fila; yo, un poco asustada, porque todas las niñas estaban de uniforme. Al salir, como es natural, busco a mi hermana y no la encuentro, y me dicen: «Tu hermana está encerrada en el cuarto de las ratas». Resulta que las monjas preparaban una función, tenían los decorados en una esquina y mi hermana pasó corriendo y –ella decía que no– dijeron que los había roto, le regañaron mucho y la encerraron. Para mí fue una desolación total; llorando enfrente del llamado cuarto de las ratas, donde podía ver a mi hermana por un ventanuco. Tengo que decir que me consolaron mucho las niñas mayores; ni una monja me consoló, de eso también me acuerdo. Y llegó a buscarnos nuestra famosa Dolores y las monjas querían que mi hermana pidiera perdón. Ella decía que no había tirado nada y entonces Dolores dijo: «La niña no va a pedir perdón». La discusión de Dolores con todas las monjas, incluyendo a la superiora, fue soberbia. ¡A saber lo que les diría! Total, que acabaron por avenirse y nos fuimos. Y yo aquella noche tuve que dormir con mi hermana y tuve pesadillas. En consecuencia, mi padre dijo: «Se acabaron las monjas. Ninguna de las dos vuelve a semejante colegio, donde son capaces de torturar».

Gracias a esa situación, usted tuvo una educación muy privilegiada, además de una de las amistades más importantes en su vida, la de Laura de los Ríos.

Sí. Llegó por esos años como profesor a Granada Fernando de los Ríos, que estaba casado con Gloria Giner, sobrina de don Francisco. Y enseguida hizo relación con nosotros, sobre todo con mis hermanos, que eran estudiantes en la universidad. Fueron ellos los que vieron a Laurita, como la llamaban entonces, y Federico dijo: «Bueno, pues voy a traer a mi hermana para que juegue con Laurita». Yo tenía una profesora en casa que me daba clase y me llevaba de paseo; pero no le gustaba mucho a mi madre y a mí tampoco. Entonces a mi madre se le ocurrió decirle a Gloria Giner que le recomendara –porque ella era profesora de la Escuela Normal– una buena profesora para mí. Y Gloria Giner tuvo la felicísima idea de decir: «¿Por qué no buscamos una profesora que dé clase a las dos y las lleve de paseo?». Mi madre, y toda mi familia, encantados de la vida por la oportunidad. Y fue finalmente Gloria Giner quien nos dio clase a las dos.

¿Podría hacer un retrato de aquellas mujeres que fueron tan importantes en su vida, incluida, claro, su madre, doña Vicenta?

Gloria Giner era un ser extraordinario. Bueno, de carácter, yo creo que había cierto parecido en todas ellas, cierta alta tensión moral. Personas un poco exigentes con lo que hacían los demás y lo que podían hacer. Eran en el fondo así, incluyendo a mi madre. Yo tuve una educación excepcional, mejor imposible, porque Gloria nos daba muchas clases a su hija y a mí, y luego buscaba muy buenos maestros para que nos dieran clases de otras cosas. Mi maestro de música fue el maestro de mi hermano Federico y mi hermana Concha. Creo que me pusieron demasiado pronto a estudiar música; no tuve paciencia y lo dejé. ¡Me pesa tanto ahora!

Pero llegó a cantar, incluso en presencia de Manuel de Falla.

Sí, se puede decir que nací cantando, porque en casa la música afortunadamente fue una cosa muy importante. Esa importancia buena, porque la vives en un ambiente, pero sin darte cuenta. Para mí la música fue una cosa natural, casi como comer, una de las cosas esenciales de la vida.

Sin embargo, su vocación por la enseñanza, y no por ninguna actividad artística, fue muy precoz, siendo una adolescente.

Yo creo que tuve la vocación de enseñar por haber tenido tan buenos maestros. Si hubiera tenido malos maestros, quizá hubiese aborrecido la enseñanza. Pero claro, las primeras letras... En el bachillerato, Laura, que fue después mi cuñada, y yo íbamos a algunas clases, pero de buenos profesores. Y luego, yo he disfrutado una universidad que no se volverá a repetir –el otro día creo que se lo oí decir a Julián Marías–, aquella universidad en la que estaban todos. En la sección de filosofía, Ortega; en la sección de historia, Sánchez Albornoz y también Américo Castro; en la de filología, Menéndez Pidal y luego todos sus grandes discípulos. Pues imagínate si eso se va a volver a repetir: Morente, Zubiri, Gaos, Salinas, Guillén, Lapesa, Montesinos. Ésa era la universidad de Madrid.

Algún tiempo habría para divertirse...

Pues claro. No hay ninguna diferencia ni originalidad con otras muchachas. Quizá me divertía más que muchas; gracias al ambiente, a mi casa, a mi familia, yo podía gozar con muchas cosas, con cosas de las que los demás pasaban de largo. Me acuerdo que había una señora muy tonta que le decía a mi madre: «¿Pero la niña va todos los días a la universidad? –ella creía que se podía ir de cuando en cuando–. Pero Vicenta, ¿no sabes que la universidad está llena de chicos? La metes ahí, en ese peligro, sola». Pero había muchas chicas, no era que yo fuese la primera universitaria, ni muchísimo menos.

¿Su hermano Federico le dedicaba algún tiempo entonces?

Menos mal que no me hace usted la pregunta de siempre: «¿Cómo era Federico de niño?». Él era trece años mayor que yo, es decir, que le conocí con pantalón largo y ya seriecito; de cómo era de niño sé lo que me han contado. Era cariñosísimo, pero con todos. Hacíamos mucha vida de familia y no tenía una dedicación especial o total para conmigo, tampoco había ninguna razón para que la tuviera. El estreno de Mariana Pineda en Granada, en 1929, fue algo muy importante. Fue un éxito loco y, sobre todo, una satisfacción muy grande para mi padre, porque vio muy pronto el triunfo de su hijo. Él tenía mucho miedo de que eso no sucediera. Hay una anécdota muy buena con un amigo suyo, ingeniero, uno de los primeros que fusilaron en Granada. Le dijo: «¿Tiene usted miedo por el futuro de un chico que ha sido capaz de escribir el segundo acto de Mariana Pineda? Usted está loco. ¡Va a ganar mucho más dinero que usted!». Mi padre estaba muy preocupado por que Federico no se ganara bien la vida.

Su padre, de origen campesino y campesino él mismo, aunque hacendado, y su madre tenían un talante liberal, progresista, muy raro en la época.

He tenido los padres más inteligentes del planeta. Que yo disfrutara de la misma educación que Laura de los Ríos, que tuviéramos aquella amistad tan estrecha... Le aseguro a usted que en aquella época en Granada había mucha gente que decía que Fernando de los Ríos, cuando pasaba, olía a azufre. Una tía mía, hermana de mi padre, se lo encontró en una confitería y lo saludó. Ella estaba con dos amigas que echaron a correr y se fueron a la iglesia. Eso era gran parte de Granada.

En 1934 ustedes se trasladan a Madrid.

Nos instalamos provisionalmente, a ver si nos gustaba; estuvimos dos años. Y cuando ya nos íbamos a instalar definitivamente y traer todos los muebles de Granada y todo, vino el 18 de julio y eso, claro, cambió la vida.

Fue entonces cuando pasó el verano, hasta septiembre, en la Residencia de Señoritas.

Viví en la Residencia de Señoritas los meses de la guerra que estuve aquí, es decir, desde el levantamiento hasta finales de septiembre. Salí de España a finales de septiembre, porque a mi hermano Paco, que era diplomático, lo enviaron de secretario de embajada a Bruselas; entonces yo me fui con él y viví allí toda la guerra.

En esos dos años anteriores usted dio clase en el Instituto-Escuela.

Sí, aquello fue estupendo, lo último bueno que viví en aquella España. Yo le di clase a Natalia Jiménez, la hija de Jiménez Fraud, el director de la Residencia. Hace unos días he estado hablando con ella de lo divertidas que eran las clases, lo distendidas...; no lo hacíamos mal. Imagínese, el director de las clases de literatura era don Luis de Zulueta. Estábamos muy ligados a las teorías de la Institución Libre de Enseñanza, pero como sabe, al ser un centro oficial, teníamos que dar notas, cosa que la Institución no hacía. También recuerdo haber tenido como alumna a María Casares, la que sería gran actriz de la Comédie Française, siempre tan unida a España.

De Bruselas pasó a los Estados Unidos, aunque en principio usted deseaba enseñar en Inglaterra.

Se veía venir la guerra europea. Es verdad que pensaba enseñar en Inglaterra, pero Fernando de los Ríos era entonces embajador en Washington y no consintió, al estar mi hermano Paco movilizado, que me quedara sola en Europa. Me fui a América con mi segunda familia. ¿Cuál fue su relación en Nueva York con otros exiliados? Allí estaban Pedro Salinas y Jorge Guillén, con los que tuve un trato muy frecuente. También pasó por allí, y fue cariñosísimo con mis padres, Juan Ramón Jiménez. Iba casi todas las tardes a ver a mis padres; en ese sentido –luego, ya sabes como era, pero yo eso no lo puedo olvidar–, se lo estaré agradeciendo mientras viva. Nos distraía, nos hablaba... También, por otra parte, decía que no podía resistir cómo hablaba el español la familia de Zenobia y venía a nuestra casa porque, por lo menos, allí se hablaba un español que era parecido al de Moguer; por eso le gustaba.

Al año de llegar a Nueva York comenzó a dar clase de nuevo. ¿Notó un cambio?

Bueno, era un poco distinto... Tengo que confesar que aquello me pareció una extraña Edad Media, porque cuando yo llegué, si no eran ya estudiantes graduados, estaban separados hombres y mujeres. Yo estuve siempre enseñando en colegios femeninos, porque entonces, además, a la gente más progresista y más culta que usted se pueda imaginar le hablaban de la coeducación y se ponía frenética.

Era un sistema más rígido.

Eran más tontos, no más rígidos, sino más tontos. Porque, como dijo don Francisco Giner, a la mujer hay que educarla como y con el hombre, porque no van a vivir luego cada uno en un mundo distinto.

En aquella época, ¿tuvo usted alguna actividad política?

No. Bueno, estaba allí el grupo de las confederadas, que hacían fiestas, y a veces íbamos. Pero no, nunca me metí en política. Yo siempre fui muy de izquierdas y lo sigo siendo. No me gustan esos viejos que de jóvenes han sido muy de izquierdas y luego, cuando pasan los años, se vuelven muy conservadores. Me da mucha grima, me fastidian mucho esos viejos. No he querido ser una vieja de ese tipo, así que soy ahora quizá más radical que cuando tenía veinticinco años.

¿Cuidaba usted, de alguna manera, de la difusión de la obra de Federico en España?

Por supuesto, eso siempre. Sin embargo, yo nunca –y todo el mundo lo ha respetado–, nunca he querido hablar en clase de mi hermano. Y he tenido la suerte de que, donde quiera que lo dije, comprendieron mi postura.

Si le parece, regresamos a la etapa de su formación. Usted es una gran lectora. ¿Qué obras le interesaron más? ¿Cuáles eran sus libros favoritos?

Quizás sería más fácil decir algunos que rechacé. Me acuerdo de que me prestaron, y no me gustaron nada, las novelas de Palacio Valdés. Me indigné con el que me las había prestado. Me parecieron ñoñas y mal escritas; estaba acostumbrada a leer cosas mejores. Y después leí mucho a Galdós, y me gustó. Mucho clásico, teatro. La Celestina y el Libro de Buen Amor quizás sean mis obras favoritas. Todo esto, tengo que decirlo, fue gracias a los profesores que me iniciaron en su lectura. Montesinos, sobre todo, Salinas y Guillén. Es que no los había mejores. Don Américo –pues también asistí a sus clases– era un insoportable, poco grato como persona, en clase por lo menos y conmigo, que no sé por qué le caía mal.

De los personajes de la España de los años veinte y treinta, que ahora están en todos los libros de texto, ¿con quiénes simpatizó o a quiénes admiró?

De los personajes de mi época creo que a los que más admiré fue a Unamuno y a Valle-Inclán. Me parecieron dos genios siempre. No es que los otros no me gustaran, pero ellos dos eran especiales. De Unamuno me atrajo su personalidad, incluso cuando unas veces decía sí y otras decía no; pero siempre estaban justificados el sí y el no. Me gustó mucho; creo que de los del 98, el que más.

Y ¿entre los poetas?

De los poetas, los dos grandes, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. Juan Ramón es increíble y tampoco le han hecho toda la justicia. El antifranquismo y la actitud de Machado, claro, influyeron. Pero tampoco se le podía pedir a Juan Ramón que tuviera otra actitud que la que tuvo, que fue tajante. No volvió. No transigió jamás con Franco.

¿Y Falla?

Y por supuesto, Falla. Hubo una relación más íntima, casi familiar. Él pasaba siempre la Nochebuena en mi casa. El día de su santo, el día de la procesión. Venían mucho porque estaban tan solos...

¿Y esa parte beata...?

¿Beata yo?

No, Falla. ¿Cómo se compadecía con el carácter de su padre?

Divinamente, ¡por Dios! Se querían muchísimo. Uno iba a misa y el otro no, pero eso no influía. Ya después, cuando la guerra, la cosa se torció un poco en ciertos aspectos, cuando la República, pero antes estábamos en un mundo civilizado. Sí, Falla era muy religioso.

Habla usted de un mundo civilizado. Sin embargo, hay quien piensa que, en parte, la gran crueldad de la guerra civil se debió al atraso del país.

Era un país muy civilizado. Había un grupo de gente extraordinaria que en el ámbito de la cultura realizó un avance increíble. Eso se cercenó. No es que no haya habido después grandes poetas, prosistas y de todo; pero matar una cultura es lo peor que se puede hacer. Por ejemplo, el cante jondo, al que ahora se le da tanta coba. Los que dieron por él un salto de gigante fueron Lorca y Falla con el Primer Concurso de Cante Jondo, del que nadie se acuerda. Fue el primero y fueron ellos quienes se dieron cuenta de que el flamenco era un arte grandioso recluido en las tabernuchas. Ésa es la pura verdad. Había que tener un talento y una personalidad muy fuera de serie, como –ya se puede decir todo– tenían ellos, para decir: «Esto hay que cambiarlo».

A su regreso de Estados Unidos ¿cómo encontró el país que había tenido que abandonar en 1936?

A mi regreso me he sentido muy querida, y muy reconocida la personalidad de mi hermano. Puedo decir que lo he pasado bien. Lo he pasado mal también, porque Manolo [Manuel Fernández Montesinos], mi sobrino, se metió en política, estuvo en la cárcel... Pero eso también –qué cosa más rara– fue grato. Es decir, ustedes ven que nosotros no hemos vuelto aquí con otra cara. Eso me ha gustado que quede siempre muy claro. Que me admitan roja, que es como soy, o que no me admitan. Pero yo no me voy a mover de mi sitio. Donde estaba a los dieciocho años, ahí sigo.

¿Dónde estaba usted durante la guerra?, quiero decir, ¿a qué ideología se sentía más próxima?

Yo creo que a los socialistas. Cerca de Besteiro, de Fernando de los Ríos. Los he conocido y admirado. Después tuve gran trato con la cuñada y la viuda de Besteiro, que, cuando murió, me dejó una bandejita de plata con las iniciales de Besteiro. Aquí la tengo, como un tesoro. Ambas me contaron la muerte y el entierro tan atroz; y el comentario de su viuda cuando terminó de contarme fue: «¿Verdad Isabelita que Julián era muy guapo?». Si me hubiera dicho otra cosa... Me puse a llorar y no había quién me parara –¡qué horror!, ¡esto no se puede perdonar! Yo no lo perdono. Quiero vivir sin perdonar–. Luego, esa pregunta tan tierna, tan de mujer enamorada. Ese guapo me tuvo llorando tres o cuatro horas.

En 1955 es cofundadora, entre otras junto a su amiga Soledad Ortega, de la Asociación Española de Mujeres Universitarias, asociación que renovaba el espíritu de la Residencia de Señoritas y la Juventud Universitaria Femenina de 1920.

Fue muy importante. Una amiga mía me comentó: «¿Por qué no la haces?». Se lo propuse a un abogado, quien me indicó que podíamos acogernos a una ley de 1885. Y entre eso y que éramos mujeres, pues nos la dejaron hacer. Yo nunca actué a título personal. Éramos unas cuantas amigas, pero tuvimos grandes conferenciantes, todos o casi todos de izquierdas. Cuando llegó la monarquía, a la gente ya no le interesaba aquello, perdió razón de ser y se disolvió. Soledad fue presidenta y María Teresa Capdevilla y Pilar Lapesa...

En 1986 se crea la Fundación Federico García Lorca y se recupera la Residencia de Estudiantes. ¿Cómo ve usted la función y la relación entre estos dos centros de cultura?

Las veo bien y espero que vayan cada vez mejor, porque en el fondo perseguimos fines muy parecidos. La idea es la unificación; yo hablo también de los otros centros lorquianos que hay fuera de Madrid.

¿Se siente con ánimos de seguir trabajando por estos fines?

He tenido una vida extraordinaria, por eso creo que estoy aguantando tanto. Si es verdad eso que dice Freud, que los diez primeros años son los que te marcan, mis diez primeros fueron tan fabulosos que he llegado a los que tengo ahora gracias a ellos. Fueron muy bonitos, muy ricos, muy felices.