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Despedida al profesor
Vicente Cacho Viu

José Varela Ortega

El 27 del pasado noviembre falleció Vicente Cacho Viu, después de una cruel enfermedad. El último año de su vida ha sido de una intensa actividad. Frutos de ella, el libro sobre Eugenio d’Ors, publicado por la Residencia, que se reseña en estas páginas; otro volumen Repensar el 98, editado por Biblioteca Nueva, que se presentará próximamente en esta casa, y dos más, sobre el nacionalismo catalán y sobre Ortega, que la Residencia proyecta publicar próximamente, probablemente en colaboración con otras instituciones y editoriales. Cuando la enfermedad le impidió acudir a su despacho de la Fundación José Ortega y Gasset, el profesor Cacho Viu instaló el ordenador en el cuarto de su casa madrileña, cuya ventana se abre al jardín de la Institución Libre de Enseñanza, uno de los paisajes permanentes, y cada día renovados, de su fecunda labor intelectual. En ese cuarto redactó sus últimas disposiciones. Entre ellas, quiso que se celebrase un acto civil de despedida en el otro jardín que frecuentaba diariamente: el de la antigua Residencia de Señoritas (cuyo archivo él mismo rescató), actual sede de la Fundación Ortega. Se publica aquí el texto que leyó, cerrando este acto, el Vicepresidente de dicha Fundación.

Conocí a don Vicente Cacho una tarde invierno de mil novecientos sesenta... y tantos. Lo recuerdo perfectamente. Y el encuentro tiene algo de coincidencia premonitoria porque me topé con él en la casa de los García Lorca de la calle de Joaquín Costa. Joven y atropellado, iba yo a recoger a Yaya, la segunda de mis amigas García, y allí encontré un joven profesor en animada conversación con Doña Gloria Giner. Eran las dos Españas; pero no enfrentadas sino empeñadas en un afán civilizado y tolerante por comprenderse que, en aquellos años, todavía resultaba inusual. Yo era entonces un joven aprendiz de historiador que devoraba libros de Tuñón creyendo que el pasado se puede deformar como herramienta de futuro. Y, claro, Cacho era de «los otros». Fue doña Gloria quien, con mayor autoridad que nadie me advirtió: «leete su libro; es un trabajo excelente». Tenía razón.

Don Vicente gustaba de instalarse —en el sentido intelectual del término, se entiende— en la perspectiva del extranjero; tomaba altura desde la atalaya del de fuera. Con la mirada penetrante del outsider su pupila taladraba, para decirlo en frase de Simmel, grupos e ideas que no eran los suyos y que él investigaba con la pulcritud de un entomólogo, pero que también comprendía y, por tanto de alguna manera, compartía. Baste como prueba sus trabajos sobre el nacionalismo catalán, o su estudio clásico sobre la Institución, unas gentes, unas ideas, y hasta una estética de austera pero cuidadosa elegancia protestante, que el profesor Cacho entendió aun mejor que sus propios seguidores porque no olvidó —nunca lo hacía— la nota de humor comparativo con que se desarma el parroquialismo dramático de «las cosas de España», parafraseando la expresión de los viajeros ingleses. Porque Cacho fue, además, un historiador europeo, en la medida que el desarrollo de sus investigaciones y el discurso de su razonamiento están perfectamente vertebrados e insertados dentro del compartimento comparativo que les corresponde en la historia de las ideas y de los movimientos intelectuales del mundo occidental. Ya fuera la Institución Libre de Enseñanza, con Krause y el pensamiento alemán; el catalanismo, con el nacionalismo centroeuropeo; el 98, con la Francia del 70 y Dreyfus; D’Ors y el modernismo; el joven Ortega y el pensamiento francés, el profesor Cacho encontraba siempre la armonización con la nota de universalidad adecuada para deshacer ese ritornello rancio, torcido y morbosamente ensimismado del carpetovetónico. Para aquellos que padecemos una adaptación al medio menor que mediana, los trabajos de Vicente Cacho han producido mucho más que el respeto a una buena investigación o a un razonamiento inteligente: eran como un golpe de aire fresco, de caricia espiritual en almas escarchadas por un mundo de recensiones, oposiciones y escalafones. Sirva esto de pequeño tributo que el agnóstico hace al creyente.

Por eso, la empatía intelectual, que es también una versión de la espíritual, era lo que acercó a Vicente al proyecto de esta Fundación. Nunca hubo el sórdido intercambio de puestos administrativos que pensaron algunos —y a la vista está la demostración—. Siempre encontramos en el intercambio de ideas y en el debate intelectual todo lo que necesitábamos para justificar y gozar de la presencia de Vicente Cacho en lo que él llamaba el «palomar». Su taller, también decía. Y decía bien porque el profesor Cacho fue un académico de producción medida, cuidada y rigurosa, gustoso de la pulcritud, afanoso de precisión, virtuoso en su delicadeza; en definitiva, un historiador fino de pensamiento profundo, razonamiento elaborado; un escritor de calidad, en suma. Sus últimas disposiciones —y digo disposiciones porque deben ustedes saber que este acto se ajusta a una carta suya, fechada el 2 de noviembre pasado, día de ánimas me añade— son prueba de este aserto, en forma y contenido. En ella nos organiza Cacho este acto con brevedad y precisión, pero con una meticulosidad exhaustiva. Y es un texto que también nos da el tono y demuestra un talante. Quiere, me dice, que se interprete el salmo xxii: «el mismo con que se inauguró esta casa, con ocasión del funeral de Miss Gulick, la dama misionera protestante —me recuerda Cacho en su carta— que había comprado la casa a los agustinos» (ver libro de Carmen de Zulueta, apunta el profesor Cacho con una última precisión de buen investigador).Y termina su decálogo de instrucciones con una muestra de su talante: «tendrás que considerar si esta ceremonia, que es básicamente académica y de tradición anglosajona, resulta pertinente y adecuada a la fisonomía intelectual de la casa y a la tradición que en ella se alberga. Estoy seguro de que entenderás que mi ánimo es el de sugerir un modelo de acto compatible con esa tradición liberal y con la diversidad de opiniones de quienes quieran asistir».

Don Vicente Cacho era además un raconteur ameno. De vasta cultura y profundo sentido artístico, recuerdo sus infatigables paseos por Toledo, lugar que, después de don Bartolomé Cossío y don Gregorio Marañón, no creo que nadie conociera y describiera mejor que él. Era también un gran conversador; fino e irónico, pero de una discrección y elegancia intelectuales que le llevaban a distanciarse del despropósito radiofónico y televisivo al uso. Persona de profundas creencias, raramente dejó que su intimidad interviniera el juicio sereno y equilibrado del buen investigador profesional. Para personas así se ha hecho esta Institución. Quienes no encontramos fácilmente coartadas de vanidad con que justificar una vida de «diligencias vanas», que diría Baroja, el haber contribuido un poco a su existencia académica es la pequeña muleta que sostiene la nuestra personal.