REVISTA

Último número
Números anteriores

1 2 3
 
4 5 6
 
7 8 -

Jefe de Redacción:

José Méndez

Comité de redacción:

Belén Alarcó
Santos Casado
Manuel Rodríguez Rivero
Salomé Sánchez

Fotógrafos:

Joaquín Amestoy
Alfredo Matilla

Corrección de textos:

Antonia Castaño
Lola Martínez de Albornoz
Salomé Sánchez

Diseño:

Área Gráfica

Maquetación:

Natalia Buño
Celia Gª-Bravo

Fotomecánica:

DaVinci Impresión:
Artes Gráficas Luis Pérez

Depósito Legal:

M. 4.793-1997

Edita:

Amigos de la Residencia de Estudiantes
Pinar, 23. 28006 Madrid.
Tel.: 91 563 64 11
Copyright©1999
Fundación Residencia de Estudiantes

La poesía de
Tomás Segovia
Luis García Montero

Hay un poema del libro Lapso, titulado «Sótano», que condensa de un modo preciso, según mi opinión, el mundo poético de Tomás Segovia: «A esta inmovilidad de ojos atónitos / y postrado lenguaje / que me encadena a estar presente / en la ausencia de mí / a esta sombría suspensión de mi latir difunto / le pregunto / si he de morir sin haberme lavado / de tanta sucia soledad errática / y qué sol me podrá secar un día / de aquellas cavernosas aguas pútridas / donde he chapoteado tanto / mirando tiritar la vida / desfigurada por la llaga obscena / del amor omitido».

Presencia y ausencia en una reflexión poética. Yo creo que cualquier lector, cuando toma en sus manos un libro de Tomás Segovia, tiene en primer lugar la evidencia de que sus poemas son una reflexión sobre la poesía, porque la palabra lírica es siempre un resultado de la ausencia, de la distancia. Reflexiona un poeta «extranjero», un «nómada».

Es necesario pensar, desde luego, en las condiciones biográficas, en el exilio de Tomás Segovia. La profesora Susana Rivera estudió la obra desarraigada de algunos niños españoles que debieron salir al exilio después de la Guerra Civil. La antología Última voz del exilio, publicada por la Editorial Hiperión, reunió y analizó el sentimiento lírico de Tomás Segovia, Manuel Durán, Luis Rius, Nuria Parés, Enrique de Rivas y otros poetas. Tomás Segovia, de niño, conoció el destierro. A los nueve años constaba ya en su pasaporte la condición de exiliado, primero en París, luego en Casablanca y finalmente en México. Por jugar con el título de uno de sus libros, La luz provisional (1950), podemos decir que en la poesía de Tomás Segovia siempre ha habido una conciencia de luz y provisionalidad. Pero, al mismo tiempo, ha habido también una conciencia de presente. Por eso empecé leyendo un poema marcado a la vez por el presente y por la ausencia. En el libro Luz de aquí (1958), hay un poema titulado «Como el primer día», en el que podemos leer este verso: «A veces la memoria se me pierde». Se trata de un temor que conjuga realidad y pasado: «[...] pero tú no me olvides / dulce tierra sin rostro / cuyo recuerdo pierdo a cada instante / cuyo sabor me escapa / cuyos ojos de amor no reconozco / Oh, no me olvides / mi memoria es viento / me disuelvo en la noche día a día / si tú no guardas algo de este turbio latido».

Pensemos en esta memoria convertida en viento. Al salir al exilio, los poetas maduros estaban ya firmemente aferrados a sus nostalgias. Pero los últimos desterrados, los niños del exilio, tenían poco terreno de consuelo en la memoria; dominaba en ellos la sensación de desarraigo. No les había dado tiempo aún de tomar posesión de aquello que perdían. Es muy importante tener en cuenta esta sensación de desarraigo, de desamparo, porque en la poesía de Tomás Segovia el exilio transciende la anécdota biográfica para convertirse en un sentimiento general sobre la poesía y la existencia humana. El exilio no es simplemente un tema. Por ejemplo, la nostalgia es un tema en Recuerdos de lo vivo lejano, de Rafael Alberti, una magnífica construcción de paraísos consoladores en el pasado. La poesía de Tomás Segovia aborda el vacío del exilio como algo más, como una sensación que lo domina todo, un marco que afecta a la ciudad, al amor, a la vida, a cualquier cosa que pueda plantearse la mirada poética. El poeta es así un huérfano y escribe «La canción del huérfano», recogida en Anagnórisis (1967): «Contempla bien Meteco / huésped arisco de uno y otro arraigo / a los claros cautivos de algún orden / pesar abiertamente en los surcos del tiempo».

El arraigo y el orden aparecen como algo ajeno. ¿A qué orden pertenece el poeta? Es una reflexión que encontramos en el Cuaderno del Nómada, recogido posteriormente en Partición (1983): una reflexión que se desplaza necesariamente al territorio del poeta: la lengua, la palabra. En «Lengua bárbara», por ejemplo, leemos que el hombre ha aprendido a modelar en sus manos las palabras, para que en ellas hable un lenguaje de huellas, corporal, movible y sin sentencias. Es difícil que una persona que vive fuera del orden pueda apostar por las sentencias. El lenguaje es movible y corporal, y en la tensión dialéctica de estos dos términos está una de las raíces fundamentales de la poesía de Tomás Segovia, de su lenguaje corporal, movible y sin sentencias.

El poeta es el habitante del exilio. La tradición poética contemporánea más fértil es la que ha levantado el deseo frente a la realidad. Un sentimiento propio ante los valores establecidos significa moverse en el vértigo, vivir el nomadismo, utilizar un lenguaje marcado por la limitación de lo que no se puede decir. En el poema «25 de abril, tarde», de Lapso, leemos: «las ágiles palabras que nunca han sido mías». El poeta es el extranjero, el exiliado; por eso un tema como el destierro acaba transcendiendo la simple anécdota biográfica. El nómada nos da su palabra, la palabra del huérfano. Baudelaire ya había presentado sus poemas en prosa como una introducción titulada «El extranjero». Baudelaire, al sentirse marginado, apuesta por el azul, busca el arraigo del cielo o el infierno, las raíces del mal frente a la moral burguesa. El malditismo se ofrece como consuelo, como tierra original. Frente al autoritarismo, el antiautoritarismo profesional, la moral de la heterodoxia frente a los valores establecidos.

Pero no es ése el camino de Tomás Segovia. Leo unas palabras de su libro Poética y profética: «Nada más típico ni exclusivo de nuestros tiempos que ese universal concierto de los antiautoritarismos, cuyo discurso reclama a todas luces la autoridad más prístina, cuando no recurre simplemente al clamor, a la vez denunciatorio y autoritario. Hacer de la disidencia un academicismo, de la protesta un estilo aclamado, de la ruptura una tradición (como dice Octavio Paz), de la revolución una institución, de la originalidad una norma niveladora, de la singularidad un gregarismo (como propone la publicidad), de la agresión al espectador un éxito artístico, de las declaraciones subversivas la mejor manera de hacer una brillante carrera oficial y hasta del socialismo un burocratismo, son para nosotros hábitos cotidianos que, sin embargo, en cualquier época pasada o también, esperémoslo, futura, hubieran provocado insuperable asombro». No, no es la estirpe del mal la tradición de Tomás Segovia, muy consciente de la paradoja de sometimientos que se ha dado en ella. Desde su perspectiva de la historia, que ya es un camino de ida y vuelta, rompe con la ingenuidad de los consuelos tópicos de la tradición poética. Para decir el «no», resulta insuficiente presentarse como autor maldito; hay que buscar otros caminos, en los que además del «no», debe entrar el «sí», la mirada hacia el mundo.

Exactitud descriptiva

En una región de nómadas, sin el arraigo del mal, al poeta sólo le queda el cimiento intelectual de la conciencia. Para no vivir en la nada, hay que habitar en la conciencia de la nada. Por eso Tomás Segovia es un poeta de la inteligencia. Creo que es uno de los autores que mejor han modernizado la poesía meditativa, la interiorización intelectual e, incluso, la palabra exacta, el nombre exacto de las cosas, como decía Juan Ramón. Además de que sus poemas sean un ejercicio reflexivo, es obligado señalar que en muchas de sus imágenes hay un proceso intelectual al fondo. La metáfora, la imagen, el símbolo, nacen en Tomás Segovia del centro de la meditación que ensayan sus poemas. Y lo mismo ocurre con la música, con la búsqueda del ritmo propio, fundamental en su poesía. Vemos la evolución de una puntuación tradicional a una cuidada falta de puntuación. En la nota tipográfica que hay al comienzo de Partición se aclara este proceso: «busca un ritmo propio que ilumine su interpretación, lejos de la facilidad del hermetismo y de la ambigüedad». La música es inseparable de la tarea hermenéutica, del proceso de interpretación intelectual. Es el ritmo de la inteligencia. Los versos buscan una exactitud descriptiva en la que cada palabra matiza a la anterior, y cada pausa matiza a la pausa anterior.

Finalmente, quiero aclarar que se trata de una inteligencia muy poco fría. No asistimos al hielo de la conciencia, porque el pensamiento de Tomás Segovia es extremadamente sensual. Habíamos leído antes: «un lenguaje corporal, movible y sin sentencias». Pues bien, realmente se trata de un lenguaje corporal. En la poesía de Segovia el amor se convierte en proceso intelectual, pero a costa de que la inteligencia se haga carnal, un medio de vivir y meditar la sensualidad. En Historias y poemas, por ejemplo, hay un magnífico conjunto de poemas amorosos: «La semana sin ti». En Lapso, son importantes los poemas radicales de amor: «No pierdo nunca mi noción de amor».

En un poema de Historias y poemas, titulado «Miércoles», se dice: «Te quiero sin memoria». Aludo especialmente a este verso, pero se pueden citar otros muchos, por ejemplo, los del poema «Alegría del sol y su eco», donde se habla de «una hermosura visible, / aturdida de sol y de presencia». O la declaración de «La primavera sin embargo», recogida en Terceto (1982), donde se nos habla de «una verde, ciega obstinación», «eternamente ciega» que «coloniza el espanto». Eternamente, es decir, abocada a la presencia, aturdida del sol y de presencia. Un amor que se escapa del territorio de la memoria. «Te quiero sin memoria.»

Esta inteligencia es una aliada, una cómplice de la sensualidad. Hace que el nómada no se refugie definitivamente en la nostalgia, no renuncie el mundo, viva también instalado en el presente. Como en el poema «Confesión» de Anagnórisis: «El día es tan bello que no puede mentir, comemos de su luz nuestro pan de verdad». Por esta sensualidad de la inteligencia de Tomás Segovia se puede pasar de la luz provisional a la luz de aquí, del desarraigo y la nostalgia al presente, de la sequedad del pensamiento a la poesía. Luz de aquí es el título de un libro de 1958, pero también el lema que sirvió para titular la antología publicada en Ocnos, en 1982, que difundió en mi generación la poesía de Tomás Segovia. Y es que esta realidad de la luz condensa las dos fuerzas que tensionan su poesía: inteligencia y sensualidad. Es esto lo que yo, como lector y poeta, he aprendido en los libros de Tomás Segovia. Un poeta nómada, desarraigado, que frente al malditismo opta por el camino de la inteligencia, pero de una forma sensual, con un gesto lírico que lo ata al presente. Esta dialéctica del vértigo y de la realidad, del lenguaje movible, pero corporal, caracteriza la poesía de Tomás Segovia y la convierte en un referente fundamental en la poesía española contemporánea.