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Fundación Residencia de Estudiantes

Adolfo Salazar,
impulsor de una generación

Leopoldo Hontañón

Con excepción del primero, los conciertos que conforman el ciclo que le dedica al compositor madrileño la Residencia de Estudiantes con motivo de la exposición Ernesto Halffter (1905-1989). Músico en dos tiempos, ofrecen títulos no sólo suyos, sino de otros compositores pertenecientes, como él, a la llamada Generación de la República, o del 27; bien al madrileño Grupo de los Ocho, bien al catalán. Ambas decisiones son perfectamente explicables. Es muy lógico que se le dedique al homenajeado una sesión completa. Sobre todo, si se cuenta para protagonizarla con el que no es sólo un formidable pianista, sino, además, un auténtico especialista —en el más noble sentido que quepa darle a este término— de la literatura para piano del maestro madrileño. Y no resulta menos acertado emparejarle en las demás con otros creadores de aquel movimiento citado, que de modo tan inteligente unificó y aglutinó de consuno criterios, actitudes y propósitos, sin entorpecer para nada las distintas personalidades de sus miembros. Pero sería pretensión fuera de lugar, aparte de inalcanzable, intentar explicarlo todo ello aquí con alguna minuciosidad. No vacilo, al respecto, en remitir al asistente a estos conciertos al muy completo catálogo de la exposición antes aludida y, naturalmente, a una despaciosa visita a ésta, producida, con la propia Residencia, por la Fundación Archivo Manuel de Falla.

Inquieto pensador

Me voy a limitar por mi parte, pues, a reflexionar un poco a vuela pluma sobre uno concreto de aquellos propósitos, que se me antoja que no siempre es subrayado como se debe. Aludo a la más o menos expresa, pero paladina determinación, que fructificó precisamente en esta Generación, de conseguir situar a la música en el lugar que le correspondía, por derecho propio, dentro de nuestra cultura. Empeño en el que tan en tacto de codos actuó con la Residencia. Tengo por cierto que todos y cada uno de los componentes de los dos grupos, el madrileño y el catalán, comulgaban de veras con la idea, y de todos es el mérito. Sin embargo, no sería justo negarle un nada parco carácter de liderazgo a quien a la condición de músico, unía las de inquieto pensador, nada vulgar historiador ni ensayista, crítico de altos vuelos e impulsor de carreras y de proyectos de arte: Adolfo Salazar.

Revista de Occidente

No sólo fue él quien empujó y dirigió aquel pensamiento común de la Generación musical que nos ocupa, compartido estrechamente por los artistas plásticos, poetas, escritores e intelectuales todos de rigurosa coetaneidad, sino que, en rigor, hasta se había adelantado en semejante intento a ella. Por supuesto que el camino había quedado ya indicado desde 1918 en su gran tribuna de El Sol. Pero se me antoja que la meta quedó objetiva y definitivamente alcanzada —porque el hecho creo que transciende la anécdota— por la aceptación «normal» de la música en las páginas de la Revista de Occidente. La trabazón real entre música e intelectualidad había llegado. Y ello había que apuntarlo sin duda en el «haber» de Salazar, bien que contara para conseguirlo con el apoyo inestimable de Gerardo Diego. El primer número de la revista orteguiana salió a la calle en julio de 1923. Antes de cumplir el año —en su número XI, de mayo de 1924—, la revista ya le había publicado a Salazar el ensayo Polichinela y maese Pedro, breve estudio comparativo, como se podrá adivinar, entre Stravinsky y Falla. En años sucesivos continuarían sin faltar en la revista las colaboraciones o las «notas» de carácter musical, en su mayoría firmadas por el mismo Salazar («Erik Satie», «Isaac Albéniz y los albores del renacimiento musical en España», «Diaghileff», etc.) y por Gerardo Diego («Ravel, rabel y el Rabelín» o «En torno a Debussy», por ejemplo). Salazar, sí, factor decisivo en la «elevación» cultural de la música, de la que enseguida se convirtió en protagonista la Generación toda. Cierto es que su formación completísima facilitaba su acceso a las altas instancias del pensamiento. Y que, nacido en 1890, ganaba en años a sus correligionarios (tenía ocho más que Bacarisse y Remacha; diez que Rodolfo Halffter; once que Julián Bautista; quince que Ernesto Halffter y Jesús Bal y Gay; dieciséis que Gustavo Pittaluga y Rosa María Ascot; y diecinueve que Enrique Casal-Chapí, por poner un puñado de ejemplos). Pero los méritos personales no le deben ser negados en ningún caso. Más es. Habría también que adjudicarle, probablemente, el de ser el auténtico posibilitador de aquel paso que, como ha escrito Emilio Casares, diera la República del 31: elevar la actividad musical a una preocupación de Estado.

Manuel de Falla

Pero, a todo esto, ¿a qué viene dedicar tanto ditirambo a Salazar en ocasión en la que el recordado y homenajeado es Ernesto Halffter? Muy sencillo. Don Adolfo Salazar, con olfato de buen sabueso, fue asimismo quien adivinó o, mejor, advirtió primero, y en toda su medida, las formidables condiciones y cualidades de músico nato que se escondían en Ernesto. Y ello, bastante antes de que éste quedara preconsagrado —la consagración definitiva le llegaría con la segunda República— en 1927, tras el estreno por la Orquesta Sinfónica de su Sinfonietta, Premio Nacional de 1925. Porque Salazar, que había conocido las primerísimas páginas halffterianas para piano, canto y piano y cámara de los años 1920 a 1923, no sólo se hace eco esperanzador en El Sol, sino que, seguro de no equivocarse, se preocupa enseguida de escribirle a Falla al carmen de La Antequeruela, instándole a que examine algunas de las obras del jovencísimo Halffter, por si pudiera llegar a tomarle como discípulo. Y logra que éste y don Manuel se encuentren por vez primera, en el propio año de 1923, en el Café Lyon de la calle Alcalá. ¿Habrá de añadirse más?

Este texto fue escrito por el crítico musical Leopoldo Hontañón como introducción general al ciclo de conciertos del Homenaje a Ernesto Halffter.