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Fundación Residencia de Estudiantes

Centro de Documentación
Gustavo Durán
memoria de un español polifacético

Jorge de Persia

La vida del músico, militar y diplomático Gustavo Durán (Barcelona, 1906) daría para inspirar varios guiones cinematográficos. Amigo de Lorca, Dalí y Buñuel en su etapa de residente, su primera obra musical conocida, El corazón de Hafiz, está dedicada al poeta de Granada. En París, donde fue alumno de Paul Dukas y Paul Le Fleur, se relaciona con Alejo Carpentier y Ernest Hemingway. En 1934 regresa a Madrid para trabajar en los doblajes de la Paramount. Durante la Guerra Civil alcanza el grado de coronel del ejército republicano, y tras la derrota se exilia en Londres. Allí contrae matrimonio con Bonté Crompton, junto a la que se traslada a Estados Unidos. Posteriormente, en La Habana, colabora con un programa dedicado a desmontar grupos de ideología nazi que se establecían en países del área con regímenes afines. En 1946 se convierte en alto funcionario de la ONU, organismo en el que desempeña varios destinos antes de ser nombrado su representante en Atenas. El pasado 11 de marzo su hija, la poeta Jane Durán, formalizó la donación del archivo de su padre al Centro de Documentación de la Residencia. Con ocasión del acto se celebró un concierto homenaje.

Hay varias etapas en la vida de Gustavo Durán, casi podríamos decir «varias vidas», dadas las diferencias existentes entre cada una de ellas. Sin ánimo de definirlas, simplemente para hablar de ellas en relación a los documentos de su archivo, podemos señalar una primera que concierne a los años de juventud, estudios musicales, participación activa en la vida de la Residencia de Estudiantes y estancia en París hasta comienzos de los años treinta con una serie de viajes y contactos con Las Palmas de Gran Canaria.

El regreso a Madrid y su participación activa en la vida política e, inmediatamente casi, su marcha al frente de combate madrileño al comenzar la Guerra Civil, marcan una segunda etapa «militar» que se desarrolla a lo largo de la contienda bélica.

Una tercera etapa comienza con el breve exilio en Inglaterra, realmente otra «nueva vida», que se continúa con su boda y viaje a los Estados Unidos de América, trabajos en la sección musical de la Pan America Union y vinculación activa al Departamento de Estado bajo la presidencia de Roosevelt, con misiones en Cuba y Argentina.

El cambio en la política americana con la llegada de Mc Carthy, y el proceso judicial que éste pone en marcha contra el «presunto comunista Durán», bien aprovechado por la sintonía con el régimen español, señalará el comienzo de la última etapa. En ella el ámbito de actividades está marcado por su vinculación a Naciones Unidas, que le lleva a nuevas actividades internacionales y a terminar sus días como máximo representante de esta organización en Grecia.

No se trata aquí de hablar de las fuentes documentales que permiten reconstruir la historia en cuestión, sino de sintetizar el contenido del fondo documental que –conservado por su familia– fue recientemente legado a la Residencia de Estudiantes. Dado que Bonté Crompton, viuda de Gustavo Durán, se estableció finalmente en una pequeña casa de la ciudad británica de Cambridge, casi todo estaba allí, perfectamente cuidado y ordenado con la ayuda de sus hijas Cheli, Jane y Lucy.

El fondo donado a la Residencia consta pues de una valiosa colección de cartas que pertenecen principalmente a la tercera etapa, la de los reencuentros de la posguerra, la de las alegrías por reanudar el diálogo, las de Alberti, María Teresa León, Neruda, Rivas Cherif y tantos otros; la de las discusiones sobre lo pasado y la necesaria mirada hacia el futuro, la de las esperanzas y, a veces, la desilusión ante la dura realidad del exilio: amigos músicos que salen de un campo de concentración francés y viven la incertidumbre de su destino en un país cuyo gobierno no duda en enviarles a las cárceles españolas. Hay una secuencia epistolar angustiante con un antiguo compañero de las Brigadas Internacionales cercado por los nazis en Portugal que intenta desesperadamente un salvoconducto para salir de ese país. De los años de USA el fondo de correspondencia refleja gestiones laborales, trabajos musicales, el reencuentro apasionado con Hemingway (el de Malraux en Europa ya había quedado atrás), las cartas de Pedro Salinas, de Juan Ramón Jiménez, de Adolfo Salazar, de Joaquín Nin-Culmell, los encuentros con Middlebury.

Hay en la biblioteca que permanece en Cambridge testimonio de la simpatía de Juan Ramón, y en el fondo de correspondencia el testimonio de una amistad nueva con el joven poeta Jaime Gil de Biedma, de los años sesenta, es decir, de la última etapa que transcurre en Grecia. Un intercambio epistolar que a veces es síntesis de crítica literaria y de una amistad que nos traslada casi a esos años veinte de la Residencia. La guerra y el exilio sin poder regresar a España determinaron la pérdida de muchos documentos de la primera etapa. En esta colección de correspondencia legada, que consta de más de dos centenares de cartas, quedan muy pocas que procedan de los años anteriores a la guerra: un par de Turina, por ejemplo, que confirman los estudios con el maestro y pocas más. Lo que hay es alguna documentación personal, pasaportes, certificados de estudios...

Otro tipo de documentos como recortes de prensa sí ilustran sobre aspectos de esa primera etapa y de otras, aunque al parecer Durán no era muy aficionado a su historia y no guardaba sistemáticamente todo aquello que hiciese referencia a su persona. Así quedan pequeños artículos suyos sobre temas musicales o crónicas que tuviesen que ver con sus actividades. También encontramos textos originales mecanografiados de sus conferencias y otros trabajos sobre música.

Están entre estos papeles los textos originales, manuscritos, de las conferencias que dio en Dartington Hall sobre la guerra española, editados hace años por Martín Artajo. Durán nunca habló de esos años de la guerra y de las experiencias tan contradictorias que al parecer le tocó vivir. Dejó hablar a Malraux aunque con la distancia suficiente; lamentablemente no han quedado casi testimonios personales de esa etapa.

La música, como hemos dicho más arriba, ocupó sólo una parte de la vida de Durán, pero era su medio de expresión más importante, y con él se reencuentra en los días primeros del dorado exilio de Dartington Hall de los últimos meses de 1939, donde fecha varios de los manuscritos musicales existentes, algunos de ellos recomposición de canciones perdidas a causa de la guerra. La música siempre le acompañaba y era su carta de presentación más directa; en los diferentes sitios en los que le tocó vivir estableció amistad con los medios musicales de vanguardia. Su relación con la música era muy personal, no componía para las ediciones y la difusión, lo hizo para sí mismo en todos los momentos de su vida, para sus amigos cercanos, escribiendo canciones que anotaba en unos cuadernos que forman parte del legado con partituras que proceden de New York, de La Habana, de Buenos Aires, de Grecia; canciones que subrayando su perspectiva estética y su gran sensibilidad tienen siempre detrás un fondo popular.

Testimonios de esta vida apasionante son también algunos documentos fotográficos, algunos de ilustre autor como los que proceden de la guerra y realizados por Cappa. Quedan unos interesantes álbumes y un pequeño documental fílmico posiblemente aún en Cambridge.